Diario

“Cuidar también es transformar”- SaludFem 2.0 y los caminos colectivos hacia la salud en los pueblos

La salud no es solo ausencia de enfermedad. Es el paseo diario, la charla con la vecina, el olor a romero en el patio, el grupo que se junta para apoyarse, reclamar, aprender y reír. En definitiva, la salud en los pueblos tiene rostro, voz y raíces. Esa ha sido la base de SaludFem 2.0, un proyecto impulsado por Farmamundi con la colaboración de múltiples entidades locales y globales, que ha puesto a las mujeres rurales del Valle de Lecrín en el centro de un proceso vivo de participación, conciencia y transformación.

Hoy podemos decir que SaludFem 2.0 se ha consolidado como una experiencia que demuestra que la salud es mucho más que una cita médica. Es una construcción social, cultural, económica, emocional, comunitaria y feminista. Desde esa mirada integral y afectiva, el proyecto ha tejido redes entre generaciones, pueblos y hasta continentes, generando herramientas colectivas como los decálogos de buenas prácticas en salud y de organización participativa por la salud, el bienestar y la sostenibilidad de la vida de las mujeres rurales. Ambos documentos nacen de la escucha, la reflexión y la acción compartida.

SaludFem 2.0: un proceso comunitario con alma rural

Durante más de un año, mujeres de ocho pueblos del Valle de Lecrín se han reunido en talleres, encuentros, cafés feministas, rutas saludables, actividades artísticas y convivencias. En estos espacios han puesto palabras a lo que duele y a lo que sana. Han señalado desigualdades, pero también han reconocido todo lo que ya hacen para sostener la vida.

A través de dinámicas participativas, teatro social, formación, diálogo con experiencias internacionales y celebración colectiva, se ha ido gestando una propuesta que es a la vez denuncia y camino: el Decálogo de buenas prácticas comunitarias en salud del Valle de Lecrín.

Este documento recoge diez claves nacidas del territorio, de la experiencia cotidiana y del deseo común de vivir con más justicia, dignidad y bienestar. Es una herramienta para guiar políticas públicas, inspirar a colectivos y seguir construyendo comunidad desde la salud. Y, sobre todo, es un espejo donde muchas mujeres rurales pueden verse reconocidas.

El valor del decálogo: cuando lo cotidiano se vuelve político

El decálogo local de buenas prácticas en salud recoge aprendizajes tan valiosos como sencillos. Entre sus puntos destacan la necesidad de:

  • Valorar los saberes de las mujeres mayores: sus cuidados, sus plantas, sus formas de acompañar.
  • Defender una sanidad pública cercana, con profesionales formados en perspectiva de género y ruralidad.
  • Hacer visibles los cuidados que sostienen la vida, pero que rara vez se reconocen.
  • Reforzar el tejido asociativo como motor de salud y transformación en los pueblos.
  • Incluir la salud mental y emocional como parte fundamental del bienestar.
  • Fomentar espacios intergeneracionales y creativos que promuevan la alegría, el autocuidado y la escucha mutua.

Cada punto es un acto político en lo cotidiano. Y lo más importante: ya se están haciendo. El decálogo no propone utopías lejanas, sino prácticas posibles, que muchas mujeres ya sostienen con su tiempo, su cuerpo y su compromiso comunitario.

Miradas que cruzan fronteras: un decálogo glocal

Pero SaludFem no se ha quedado en lo local. Gracias a los Cafés World y al trabajo en red, se ha conectado con experiencias de mujeres de Brasil, Ecuador, Nicaragua, India, Colombia, Argentina y México. Fruto de estos diálogos nació un segundo documento: el Decálogo de buenas prácticas comunitarias desde una perspectiva glocal, que recoge diez experiencias transformadoras de salud feminista en contextos rurales del Sur Global.

Este decálogo internacional nos recuerda que, aunque las realidades sean distintas, las luchas por el derecho a la salud, a la tierra, al agua, a los cuidados y a la palabra son compartidas. Nos inspira desde:

  • Las mujeres campesinas brasileñas que practican agroecología como forma de cuidar la vida y el planeta.
  • Las mujeres indígenas de Chiapas que sanan desde su lengua, sus plantas y su comunidad.
  • Las recolectoras afrocolombianas que defienden sus ríos y manglares como territorio de vida.
  • Las salineras indias que lideran cooperativas de energía solar para transformar su salud y economía.
  • Las mujeres migrantes de Buenos Aires que cultivan soberanía alimentaria desde los márgenes urbanos.

Y en cada historia, una frase que resuena: “Cuidar es también resistir. Es también sanar juntas.”

Un proyecto que no termina, sino que crece

SaludFem 2.0 no ha sido solo un proyecto: ha sido una experiencia vital y política. Ha implicado a profesionales sanitarios, instituciones locales, asociaciones de mujeres, colectivos artísticos, entidades internacionales y, sobre todo, a las propias mujeres y hombres del Valle de Lecrín, que han hablado, reflexionado, denunciado, propuesto y cuidado. Y eso tiene un valor incalculable.

El reto ahora es que este impulso no se quede en una memoria. Que los decálogos se utilicen en los ayuntamientos, en los centros de salud, en los institutos. Que se sigan compartiendo en talleres, ferias, encuentros y redes. Que sirvan para inspirar a otros pueblos, a otras mujeres, a otras generaciones.

Porque si algo ha demostrado SaludFem es que las mujeres rurales no son destinatarias de políticas, sino productoras de salud, comunidad y futuro. Lo que falta no son ideas: es espacio, reconocimiento y recursos para que lo que ya están haciendo tenga aún más fuerza.

Que no se nos olvide: en los pueblos, la salud también camina en zapatillas, se habla entre vecinas, se canta en una plaza, se practica sacando las sillas a la puerta, se remonta tras una enfermedad, se comparte en una infusión, se siembra en una huerta.

Y todo eso también es salud pública. También es transformación. También es esperanza.

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