Valentina lleva años viviendo en el barrio de Entrehuertas, en Santander. Conoce sus calles, sus ritmos, su gente. Pero como ocurre muchas veces en la vida cotidiana, una cosa es habitar un lugar, y otra muy distinta es sentir que se forma parte de él. Esa diferencia marcó el inicio de su implicación en Activando Salud, un proyecto que le ofreció la oportunidad de mirar su entorno con otros ojos y descubrir dimensiones del barrio que, hasta entonces, habían permanecido en un segundo plano.
Todo comenzó con una invitación a participar en mapeo de activos en salud. Le llamó la atención la propuesta pero, sin saber muy bien a qué iba, se sumó con curiosidad.
Lo que encontró allí fue un espacio de encuentro y diálogo, donde diferentes voces del barrio compartían miradas, experiencias y propuestas.
Para mí fue una experiencia muy gratificante. Me gustó mucho poder participar en el grupo, en el intercambio, en la escucha. Y también que se tuvieran en cuenta nuestras opiniones
Durante las sesiones del mapeo, Valentina redescubrió su barrio. Lugares que pasaban desapercibidos comenzaron a cobrar significado. También conoció nuevas iniciativas y actividades que se desarrollan en la calle y en los espacios comunitarios.
Me ha aportado conocer más cosas sobre la gente inmigrante, sobre las actividades que se hacen en la calle. Hay muchas cosas que no sabía que estaban pasando
La experiencia le ayudó a ampliar la mirada, a comprender mejor la diversidad del barrio y a conectar con otras formas de participación. Pero lo más transformador no fue solo el conocimiento adquirido, sino el proceso compartido: conocer a otras personas del barrio, compartir historias, vivencias y preocupaciones comunes, y sentir que entre todas se podía construir algo significativo.

Activando Salud no solo sirvió para identificar activos comunitarios, sino también para fortalecer la confianza, la empatía y el sentido de pertenencia.
Desde su participación en el mapeo, Valentina se siente más implicada con su comunidad. Le han quedado ganas de seguir participando, de proponer ideas, de contribuir a que el barrio siga siendo un lugar más habitable, más amable, más saludable para todas las personas que lo habitan.
Su historia es una muestra de cómo un proyecto basado en la escucha, la participación y el enfoque comunitario puede encender pequeñas chispas de cambio en lo cotidiano.
Porque cuando una vecina se siente parte, cuando se teje comunidad desde el respeto y la colaboración, el bienestar se multiplica.